lunes, 18 de diciembre de 2023

PREMIADO/AS DEL V CERTAMEN NACIONAL DE RELATOS CORTOS SOBRE LA MINERIA DEL CARBÓN Y SUS RELATOS


Armando Gutiérrez Rodríguez, ganador del certamen


SAUDADE

       

         Angola.

        Cada día, cuando el gran ekumbi asoma en el horizonte, Mamadou Ayo

saca su pequeña cabeza por la exigua puerta de la choza y se planta ante el

amanecer, estirando su negro y delgado cuerpo. Toma el pulido cuenco en sus

rugosas manos, se acerca al redil y apaña entre aquellos sarmientos que tiene

por dedos un teto, no importa cuál ni de qué cabra. Con tres rápidos y nerviosos

golpes obtiene la blanca y justa medida de leche para arrancar su jornada.

         Mamadou Ayo se cuelga un sobado pellejo en bandolera y lo acaricia. Ese

odre es la piel y el espíritu del cabrito Okalunga el saltarín en su lengua, que desde

su sacrificio le acompaña al diario periplo de abastecer de agua a la familia.

Mamadou Ayo tiene que darse prisa antes de que el gran ekumbi queme la tierra

llana y dificulte sus pasos. Mamadou Ayo corre, después de acabar el breve rezo

a su dios para alejar los peligros de su camino, sus pies vuelan sobre la rojiza

arena del desierto de Kaoko mientras la leve brisa de levante hace desaparecer

el polvo y las huellas que deja el enjuto muchacho.

          Mamadou, que en ubundu, su lengua, quiere decir Digno de Elogio,

volverá con algo más de cinco litros de agua turbia cuando el gran ekumbi haya

puesto brasas bajo sus pies desnudos. Su segundo nombre, Ayo, que significa

felicidad, pondrá en su cara una sonrisa cuando al posar su carga sueñe con

tener, quizás algún día, una piedra en el zapato.


          Oporto.

         Cada día cuando el sol asoma, Valdomiro Dacunha se presenta en la

destartalada oficina con su delga do y negro cuerpo; saca con aquellos

sarmientos que tiene por dedos su documentación del bolsillo y la deja en la

exigua ventanilla con la esperanza de obtener algún trabajo que le permita comer

otra jornada. Valdomiro , nacido con el nombre de Mamadou no conoció los

claveles hasta que llegó  a la madre patria, huyendo  del  desierto angolano  y las  

revoluciones, portando esperanzas  y unos metros de tripas vacías, soñando  que 

en aquella idealizada nación  donde el agua surgía con un sencillo giro de la  

mano, todo era posible, todo era posible. Valdomiro  reza en su lengua materna, el umbundu, 

mientras el funcionario revisa sus papeles de ciudadano portugués. Papeles que 

le son devueltos  con un gesto de negación  y un já sinto  por respuesta. Valdomiro  

sale cabizbajo,  con el ánimo ánimo  triste y brasas en el estómago, a pisar un día más. 

los adoquines que brillan bajo sus gastados zapatos.


       Losada

       Cada día, antes de que el sol salga, Valdomiro  camina decidido hasta  La 

Sierra, mudará sus ropas y  cambiará sus brillantes   por unas negras 

botas de goma; tomará su lámpara  y, temeroso pero decidido, se adentrará  en 

la negra y exigua galería. Una vez en el tajo aferrará  con ganas el martillo

neumático, que con el constante traqueteo apaga los  rezos que en  umbundu 

eleva a su dios, para rogarle que le libre del demonio Grisú. Ese ruido le recuerda 

a los disparos de los combatiente del Frente Nacional cuando arrasaron  su 

aldea y tuvo que huir, descalzo y solo, de una guerra que mató más que los 

demonios Grisú y Costero junto. Por eso Valdomiro no teme al jefe vigilante, un 

asturiano resabiado  que a diario les hostiga para  que piquen más y más carbón  

y al que él hace rabiar apagando su lámpara  y mimetizándose con el oscuro 

entorno. Y mientras el del genio áspero  reniega de su dios y escupe  exabruptos 

en su lengua materna, Valdomiro con con sus negras  botas llenas de carbón ilumina 

la explotación con su blanca sonrisa.


        Bembibre.

        Como cada día, cuando el sol está en el punto más alto, Valdomiro, se  

acerca al acerca al Centro Social, se aproxima a la barra y pide con dulce y educada voz  

un café con leche mientras observa, entre confuso y atribulado, aquel extraño 

recipiente llamado cartón. Valdomiro, al que todos llaman cariñosamente  Angola,  

ocupa su mesa la misma de cada jornada  toma la pulida  taza con sus rugosas sus rugosas

manos y la acerca a sus labios y la acerca a sus labios.

           Cuando aparece su antiguo compañero Amilcar -un auténtico 

caboberciano- Valdomiro lo convida a compartir mesa  haciendo un afable gesto

(digno de elogio) y mostrando su mejor sonrisa (felicidad). Amilcar acepta  y  con 

una voz suave como el viento  de levante agradece y saluda  en crioulo. Sin 

necesidad de pedir le acercan la botella de vino tinto junto con una copa. Al 

reclamar otra para su amigo, Angola la deniega y sonríe  musitando  un obrigado.

Amilcar levanta su copa, sonríe con él y responde, A nossa... Pasa el trago  y 

chasquea, gustoso, la lengua. Angola, que al seguir el ritual,  alzó la vista, se  

percata  de que en la televisión Cesária Évora  canta Saudade.

             – Vino del Bierzo, amigo. -comenta Amilcar.

            – Y yo vine del desierto. -replica, socarrón.

            Pero su alma se entristece a ritmo de fado y su  negro y delgado cuerpo

tiembla mientras sueña, cheio de saudade, con un rojo desierto que acaricia 

ardiente sus pies descalzos.

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Elba  Casado Pérez, segunda premiada


LA TORRE DE BABEL 

          Crecí en una torre de Babel entre un crisol de lenguas, piel y tradiciones.

El día en que cumplí siete años vi por primera vez caftanes de seda bordados 

con hilo multicolor y ligeros velos, con oropeles dorados cubriendo las cabezas

de mujeres pakistaníes. La seda y el colorido de sus atuendos me fascinó. El 

mundo de “las mil y una noches” emergió sin previo aviso de la vivienda situada 

en la planta baja de mi edificio. El aroma a mantequilla fundida, a cardamomo,

comino y nuez moscada, trepaba vaporoso por el patio de vecinos como un 

excitante bálsamo. Recuerdo a mi madre maldiciendo ese exótico tufo, que 

relegaba a insípido su mantecoso caldo, mientras, las pícaras muecas de mi 

padre me incitaban a una risotada contenida. 

A los pocos días Razia, se convirtió en mi compañera de pupitre. El maestro 

decidió que era una buena ocasión para separarme, por parlanchina, de mi 

amiga Elenita. Recuerdo la mezcla de jazmín, almizcle y massala1 que 

desprendía la piel de Razia y, el rielar de sus ojos negros, dispuestos a absorber 

con vigor el maremágnum que invadía su mundo. Era una niña tímida y taciturna, 

con una tierna sonrisa. No compartía juegos fuera de la escuela, pero Elenita y 

yo, nos convertimos en sus grandes amigas. Ella nos enseñó que el Asr, es para 

los musulmanes, la tercera llamada a la oración antes de la puesta de sol. Un 

mantra que todos los atardeceres se colaba en el silencio de la calle ya recogida 

de chavalería. Aquel mapa sonoro me acompañó un tiempo, convirtiéndose en 

una rutina melódica cuando en casa se cerraban los pestillos y se encendían las bombillas.

          Con ocho años aún ignoraba las maldiciones que auguran las 

profundidades de una mina. Desconocía que el minero que esquiva la muerte en 

el pozo, enferma, a temprana edad y agoniza en sus últimos días, con los 

pulmones negros y acartonados, pero a esa edad supe con certeza, que ese 

lugar tan cotidiano sentenciaba a muchos hombres y viudas enlutadas de por 

vida, con huérfanos por los que bregar.

El padre de Razia murió al año de su llegada. El turno de noche lo encontró 

muerto en la galería, asfixiado por el funesto monóxido de carbono. Fue el primer 

pakistaní fallecido en la mina y el primer funeral musulmán, en mi pueblo. Razia, 

la pequeña Sherezade, entristecida, pero serena, resplandecía con un Shalmar 

Kameez2 blanco y austero acompañando el féretro, con la foto de su padre. Una 

gran multitud asistió al sepelio para acompañar a la familia, enmudecida en su 

luto blanco. Ese día descubrí que el sentir minero no margina por lenguas ni 

culturas, la única raza es la minera y el mestizaje brota de las entrañas de la 

tierra. Nunca más, volví a ver a Razia, pero si captanes y velos que seguían 

llegando desde Oriente coloreando el pueblo y avivando en mi memoria, el 

recuerdo de mi amiga. El pupitre de Razia, lo ocupó Silvano, un niño inquieto con 

sonrisa lechosa y pelo rizado, esponjoso como el algodón. Mi pueblo empezó a 

tiznarse de piel negra y estampados vibrantes. Gente alegre y laboriosa en busca 

del pan. Compartir la misma lengua tejió una sólida conexión entre Elenita y 

Silvano, a la que yo también me sumé.

         Tenía nueve años la primera vez que vi un muerto. Su rostro pálido, 

fantasmagórico tendido en el ataúd, quedó grabado en mi memoria como una 

cicatriz. Se llamaba Joâo, Joâo el portugués. Era el padre de Elenita. Contaron 

que le había caído un costero. Ese día su abuela interrumpió la clase con el peso 

del luto esculpido en cada línea de su rostro. Bajo la permisiva mirada del 

maestro, cogió a Elenita, empalidecida, de la mano y se la llevó. Todos intuimos 

lo que había pasado, menos Silvano. En aquel entonces, yo ya conocía que la 

mina es como una diosa caprichosa que marca el destino de los mineros con un 

solo soplo de azar. En el pueblo todos éramos parientes de la mina, “No hace 

falta ser minero para venerar a quien te da de comer”, decía mi padre, quien se 

pasaba el día en la fragua, forjando clavos para entibar las galerías.

Joâo había emigrado de Portugal, como muchos de sus paisanos, en busca de 

un mejor porvenir. Lo recuerdo siempre risueño, silbando un fado y sus ojos 

perfilados por el polvo del carbón. Sus uñas ennegrecidas y azulada la cicatriz 

de su rostro. Yo, aún tenía un concepto confuso de la magnitud de la muerte, 

aunque si la certidumbre de que Elenita estaría muy triste. Caminé rumbo a su 

casa, junto al bar Sol, siempre concurrido y bullicioso a la hora del vaseo. Esa 

tarde el alboroto era un murmullo alicaído. Se brindaba en memoria de Joao y la 

suerte de muchos por sortear los caprichos de “la diosa negra”.

La puerta estaba abierta y el silencio era abismal, sólo quebrado por los lamentos 

de la viuda que hipnóticamente me guiaron hasta el salón. Era difícil reconocer 

a la madre de Elenita enlutada hasta la cabeza, cubierta por un velo negro. Tras 

él se vislumbraba un rostro marmóreo, descompuesto, y unas nacientes ojeras. 

Fue un instante el que permanecí en esa estancia, pero bastó para palpar el 

dolor que anidaba en la penumbra de ese cuarto. La gente rodeada el cuerpo de 

Joâo yacente sobre la tela que mullía el féretro. Su cara lívida y las manos 

renegridas sobre su pecho, se hundieron en mi memoria desterrando mi 

inocencia. Me invadió un intenso escalofrió mientras un corrillo de mujeres 

rezaba una letanía mareante que, a punto estuvo de hacerme desfallecer. 

Agradecí que una piadosa mano me alejara de allí.

En la cocina, frente a una taza de chocolate estaban Elenita y Silvano. A pesar 

del cálido aroma del cacao humeante, el aire era opresivo y el silencio doliente. 

Me abracé a Elenita y con el hipo que produce el llanto me confesó su tristeza. 

No recuerdo de quien fue la idea, pero cogimos a Elenita del brazo y nos fuimos 

de ese nicho. Recuerdo con nitidez la chaqueta negra, sobrada de mangas, que 

vestía Elenita y, el lazo negro que recogía su oscura melena. Con el casto amor 

que late en un corazón de nueve años, Silvano, acariciaba el cabello de Elenita. 

Su párvula y negra mano dibujaba la sinfonía de una morna3 que susurraba con 

pena, “Pa onde bai, ai solidao e un sina, ausencia, ausencia……"

Otra cinta, color antracita, oprimía nuestras almas, pero el hilo que nos unió en 

la infancia permanece indemne como la alquimia de una vieja fotografía. Años 

después el padre de Silvano murió de silicosis. Fue enterrado en el camposanto 

de mi pueblo, que ya era también el suyo. Muy lejos de su Cabo Verde natal. Yo, 

agradecí a la suerte que en esa Torre de Babel mi padre no hubiera sido minero 

y que mi infancia, fuera bañada por el resplandor de un crisol de colores, aromas

y amigos.


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Carmen Rey Diaz, tercera premiada


Escarcha de carbón


Genaro Portillo llegó ignorando que allí su mirada se volvería transparente.

Nació en un pequeño pueblo de Toledo con nombre dulce y frutal. Ana, su

mujer, era sevillana, de La Estepa, donde llegó él en su periplo por infinidad de

empresas como jornalero. Este trabajo le llevó a atravesar España de punta a

punta con sus cinco hijos, cada uno nacido en un lugar diferente entre

Andalucía y Salamanca. Viajaron desde el sur llano y caluroso hacia un norte

ondulado y negro. Había oído que las minas del Bierzo estaban contratando

gente, mucha gente, y no hacía falta experiencia, solo ganas de trabajar.

Decidió cambiar las extensas llanuras doradas de trigo y la luz abrasadora por

el interior negro y húmedo de montañas escarchadas por crudos inviernos.

Cambió la azada de los campos infinitos por el “hacho” de la mina

claustrofóbica, los duros terrones repletos de sed por madera que rezumaba

resina y moho. Nunca se planteó su suerte. Se sumergió en las entrañas de la

tierra a buscar el pan que antes le daba el trigo.

Llegaban a la mina andando. Las conversaciones no acallaban el sonido del

hielo resquebrajándose bajo sus pies. . “Genaro, cántanos una copla de esas

de tu tierra”. “Vae, pero tenei que da parmas”, decía, con ese acento del sur

que a los demás le recordaban al Antonio Molina que cantaba “Soy minero”.

Y seguía cantando mientras dejaban la ropa limpia en las taquillas. Aunque su

acento era extraño, su voz se convirtió en costumbre. Seguía cantando

mientras bajaban la percha donde esperaba la ropa de trabajo, llena de polvo

negro y brillante. Dejaban de dar palmas para ponerse la funda. Era como

entrar dentro de una piel dura y quebradiza. Genaro no había podido

acostumbrarse al olor a carbonilla y sudor de ayer. Luego, caminando hacia la

lampistería las palmas ya eran acompasadas. Recogían la lámpara y bajaban

el plano inclinado. Las coplas se perdían en la galería oscura.

Justino le había ayudado mucho, era picador y él su ayudante. Genaro lo

seguía e imitaba hasta parecer su sombra alargada y negra. Mientras llegaban

al tajo, Justino no dejaba de hablar, Genaro escuchaba.

“Chaval, tú no te amilanes. Hay que escuchar. No basta con mirar, la luz de la

lámpara no es suficiente para ver”. Genaro quería mirarle a los ojos, tenía esa

manía, creía que escuchaba mejor si veía la mirada del otro, como si leyera los

sonidos en las pupilas. Justino miraba hacia delante, hacia la oscuridad que

rezumaba agua y olía al moho que salpicaba los maderos.

“Hay que tocar y escuchar”, decía, con su mano acariciando el aire, ”el sonido

de la mina te dirá lo que tienes que hacer. Cuando la madera canta, el techo

aprieta.”

Seguía hablando mientras entraban en la rampla, mientras se arrastraba sobre

el suelo negro, con cuidado de no enganchar la funda en el techo. Genaro lo

seguía imaginando sus ojos llenos de palabras.

“¿Ves aquí?”, señalaba la capa de carbón con el martillo que todavía no había

empezado a hacer ruido. “Aquí hay que picar, en la regadura, para que caiga

mejor el carbón y con menos esfuerzo.” Seguía hablando de lo que había

aprendido durante casi una vida dentro de aquel agujero inundado de sombra.

“El agua es mal fario si te gotea en la cabeza dentro de la rampla. Aquí una

llave, aquí posteamos. Esto aprieta, hay que hundirlo…”

Genaro escuchaba, escudriñando la pared, el techo, el suelo. Todo tan cerca. A

veces, rectando por la rampla se golpeaba la espalda con el techo, la rodilla, el

codo. Miraba al carbón, a la roca. Miraba la pared negra llena de destellos

plateados y pensaba en los infinitos campos de Castilla, dorados, luminosos.

Escuchaba y miraba.

“¡Esta va dura!” gritó Justino entre el sonido ensordecedor del martillo

neumático. Genaro sintió un golpe, un latigazo en la cara. “¡Aparta chaval!”,

oyó. Una fuerza lo arrastró, y su espalda se llenó de arañazos. La funda

rasgada y un escozor intenso en los ojos. El candil se había apagado. “Hay que

escuchar”, recordaba la voz de Justino. Pero no la oía. Goteaba agua. Una

respiración fuerte, o tal vez viento. Pero no podía ser. Un huracán surcando la

rampla, silbando. El mismo sonido lo había escuchado en Toledo, cuando el

viento venía de los campos y pasaba sigiloso por las callejuelas estrechas,

silbando. Pero no podía ser. ¿Por dónde había entrado? Resonaba agudo. De

vez en cuando le soplaba en la cara un aliento frio con olor seco. Ese olor al

que ya se había acostumbrado. Seco, a ropa resquebrajada de polvo negro.

Ese olor de la nube gris que aparecía cuando Justino picaba, acorralándolos.

De repente el silencio. Y después todo se quedó así, perdido en la niebla, en el

polvo negro.

El tiempo pasó entre heridas que se convirtieron en tatuajes azules. Tatuajes

que le recordaban a Justino. “El mangón del martillo se desprendió golpeándole

en la cara” decían los médicos. “El viento silbando”, pensaba él. “Una esquirla

le ha hecho una herida en el ojo, provocando una úlcera corneal”. El escozor y

el dolor se volvieron bruma. “Se ha infectado y puede secarle la córnea”. Ya no

había dolor. “No sabemos cómo ha sucedido, pero a veces la infección afecta

al ojo sano”. Genaro miraba incrédulo la sombra de bata blanca, como si fuera

una aparición. “No podemos hacer nada”. Y sus ojos se secaron de imágenes.

No pudo salir de la oscuridad de la mina. Sus ojos de escarcha verían carbón

para siempre.


Quienes lo vieron vendiendo cupones de la once en el parque San Francisco

de Oviedo no podía imaginar que aquellos ojos secos, transparentes, como si

fueran dos bolas de granizo, aquellos ojos escondidos detrás de unas gafas

oscuras, de ciego, habían dejado de ver en el interior más negro. Quien lo vio,

no podía saber que el carbón había vuelto escarcha los ojos de aquel vendedor

risueño con acento andaluz.


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